Mirar más allá del silencio...

 Allá por el 2024 me encontraba trabajando hacía dos años en un jardín de infantes privado en la localidad del barrio de Belgrano. Estaba como auxiliar en una sala de 2 años. 

Desde los primeros días de clases al comienzo del ciclo lectivo, y con el correr de los meses, comencé a notar que algo me llamaba mucho la atención. Era él; se mostraba distinto al resto. Comencé a observar que progresivamente habían ciertas "conductas" o características de él que generaban una gran duda e inquietud en mí. En los momentos de propuestas de trasvasado, podía verlo sumamente relajado, su mirada se centraba, su mundo parecía ordenarse, pero luego, en lo cotidiano de la sala y en las diferentes propuestas él no hacía contacto visual, no me sostenía la mirada; muchas veces me paraba frente a él para que me mirara y no lo hacía... su mirada parecía estar perdida en el vacío, y tampoco parecía involucrarse en las diferentes propuestas que había. 

En varias oportunidades comenté estas observaciones que había anotado de él con la docente titular de la sala y con la directora, expresando mi preocupación y la necesidad de hablar con la familia. No para comunicar algo, sino para saber más acerca de él y cómo es en su casa. A cambio de esto, siempre obtuve la misma respuesta evasiva "es muy chico", "no tiene limite" ,"mira, hace lo que quiere", "ya se le va a pasar", "él es así"

Tanto lo que recibía por parte de la institución como también las voces de quienes me rodeaban estaban llenas de etiquetas que iba poco a poco definiéndolo a él más por lo que "le faltaba" que por lo que verdaderamente era, y así fue como también me perdí en esto. Con el tiempo me fui creyendo eso que tanto me marcaban, acallé mis dudas y comencé yo también a mirar a ese niño desde ese lugar del que tanto me hicieron creer. Un lugar vacío, sin problemas, pero muy injusto.

El correr de los meses pasó, hasta que a mediados del mes de junio, la familia solicitó una reunión y fue así como llego. Interiormente creí que se daría la  posibilidad de brindar un espacio para poner en palabras todo aquello que venía observando, pero que venía callando. Sabía que había algo por no nombrar, pero también sabía -- porque me lo habían dicho -- que no iba a pasar. En la reunión debíamos decir que estaba todo bien, que era un niño normal y que encajaba con todo ese estereotipo de infancia feliz, donde los grises no existen. 

Fue así que me silencie, que hablar podría incomodar. Recuerdo que me sentía realmente incómoda, marcada por una profunda contradicción y sensación de traición. Sabía que lo que estaban diciendo y haciendo no estaba bien ni era cierto, pero sin embargo, permanecí en silencio. Recuerdo que mis palabras no salieron. Durante la reunión, vi a una familia comprometida, atenta, pero también vulnerable. Nos comentaron a nosotras; la docente titular, la directora y yo, que a su hijo le había costado todo desde que nació. Le costó levantar la cabeza, también el caminar tardó mucho, sostenerse. 

Era una familia buscando respuestas, y nosotras se las negábamos. En ese pequeño instante algo hizo ruido en mí. Sentí en lo más profundo que había fallado como docente y como persona. Me ancló no haber actuado antes, no haber sido capaz de sostener lo que creo y mis convicciones, no haber sido capaz de defender a esa infancia y a esa familia del silencio y de la indiferencia. 

María Emilia López en su libro "Didáctica de la ternura" nos habla de la violencia de interpelación, pero también de la violencia del silencio, la cual florece cuando no nombramos lo que duele, lo que podría habilitar a un camino de cuidado, ya que callar también es decidir, y esta decisión deja huellas en el niño, que no recibió una envoltura amorosa necesaria para poder entender su mundo; en una familia que se queda sin herramientas; y en mí, que me fui a mi casa con el cuerpo pesado, sabiendo que había fallado. 

Con el tiempo comprendí que ese silencio no era solamente mío, sino también parte de modos en los que se manejan y funcionan las instituciones, la cual en este caso prioriza una cuota antes que un lazo, la cual prioriza una cierta imagen institucional por sobre el bienestar de las infancias. Un silencio que borra las diferencias para que nada destaque. Pero Waldman nos habla de que no hay una sola manera de ser niño... y cada gesto que busca encajar es una forma de exclusión. 

Desde ese entonces, cuando pienso en él, no lo recuerdo por las cosas que "no podía", sino por la lección que me dejó; a escuchar con el cuerpo, a incomodarme en los silencios, a nombrar aquello que creo correcto, porque desde un mi rol como docente también implica tomar una posición, disparar preguntas, acompañar. 

María Emilia López nos plantea que la ternura no es algo superficial, sino que es una decisión pedagógica y política. Son las formas en las que podemos construir otros tipos de vínculos, uno que abrace la incertidumbre y le ponga palabras al desamparo. Intento ser una docente mucho más atenta, más reflexiva, más comprometida con aquello que considero justo. Aprendí que los silencios también dicen, y que esos silencios guardar a quienes debemos acompañar en su camino de crecimiento. 





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